Sociedad

Un brindis de terror en Arroyo Leyes: «Mi mamá se muere mañana y no hay más tiempo»

El calendario corre a una velocidad cruel para Valentina. El próximo sábado es su cumpleaños, pero el único regalo que implora no viene envuelto en cintas: es la vida de su madre. A más de 45 días de aquella noche fatídica en Arroyo Leyes, el drama de la mujer que ingirió soda cáustica por error en lugar de vino dulce entró en una fase crítica. Su esófago está completamente destruido y su cuerpo, que ya perdió 20 kilos, empieza a apagarse entre la desidia burocrática y el dolor.

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«Mi mamá se muere mañana. No puede estar más así», confesó Valentina quebrando en llanto durante una entrevista con el periodista Luis Mino en el programa Ahora Vengo. Su testimonio no es solo un descargo; es un desesperado S.O.S. ante los micrófonos.

El trago que lo cambió todo

El horror comenzó la noche del 25 de abril, cerca de las 21:00 horas. Lo que debía ser un encuentro casual entre tres mujeres terminó en una escena de pesadilla. Según recuerda su hija, no hubo excesos: «Mi mamá no toma mucho. Brindaron y tomaron un sorbito». Sin embargo, ese único y pequeño «traguito» de lo que creían era vino blanco dulce bastó para desatar el caos. La investigación judicial posterior confirmaría lo peor: la botella del bajo mesada contenía una altísima concentración de soda cáustica.

La odisea médica arrancó esa misma noche con un traslado de urgencia al Hospital Cullen, marcado por la incertidumbre y horas de silencio absoluto en los pasillos. Hacia la medianoche, la paciente fue derivada a un sanatorio privado a través de su cobertura de Osecac, ingresando directo a terapia intensiva. «Sentía que se moría. Se le cerró el pecho, empezó a vomitar marrón y tenía llagas en toda la boca», rememoró Valentina sobre los primeros días en los que la morfina apenas lograba mitigar el fuego interno del químico.

Vivir conectada a tres milímetros

Aunque en un momento recibió el alta, el retorno a casa expuso la gravedad de las secuelas. La mujer rechazaba cualquier tipo de ingesta, vomitando incluso el agua. El 10 de mayo, la situación obligó a una nueva internación para colocarle una sonda alimentaria. El diagnóstico médico fue lapidario: el esófago quedó completamente cerrado por la cicatrización del tejido quemado; solo un conducto de escasos tres milímetros permite el paso de una fórmula líquida especial para mantenerla con vida.

Hoy, la realidad de la mujer (que actualmente pesa apenas 50 kilos y es «hueso y piel») es un calvario de 24 horas. Al no poder tragar su propia saliva, sufre vómitos constantes y el insomnio la consume.

Para salvarle la vida se necesita con urgencia una intervención endoscópica para colocarle un catéter dilatador o un balón que intente reabrir el esófago. Sin embargo, Valentina denuncia que se encuentra atrapada en un laberinto de evasivas entre el sanatorio y la obra social: «Nadie me responde. Necesito que dejen de mentirme con que ya pidieron el balón. Mi mamá no tiene más tiempo».

Una carrera contra el reloj

Sola, junto a su hermana menor, Valentina asumió el rol de una adulta a la fuerza frente a un sistema que, según sus palabras, le «pasó por arriba». Ante la falta de respuestas oficiales, tuvo que costear de su propio bolsillo un turno particular con un endoscopista recién para el próximo 12 de junio.

Casi 50 días después del accidente, la burocracia médica parece avanzar a un ritmo incompatible con la supervivencia de su madre. «Yo cumplo años el sábado y no sé si mi mamá va a llegar viva», sentenció, dejando en el aire una advertencia que exige respuestas inmediatas antes de que el daño sea irreversible.

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